El menú de Netflix para junio: entre las risas del Mundial y la cruda advertencia de ‘El Señor de las Moscas’

La cartelera de Netflix para este mes de junio de 2026 viene bastante cargadita y con una mezcla de formatos que tocan casi todos los palos. Por un lado, tenemos los típicos estrenos para apagar el cerebro y pasar el rato. A finales de mes, el 25 de junio, aterriza la segunda temporada del live-action de Avatar: La leyenda de Aang. Si te va más el morbo de la supervivencia pura y dura, el día 10 estrenan Outlast: La jungla, una especie de Supervivientes pero a lo bestia, donde sueltan a 16 concursantes en una isla remota para que se peleen por un millón de dólares.

Tampoco aflojan con el tirón del fútbol de cara al Mundial de 2026. Siguiendo la estela del mes pasado, la plataforma estrena The Hot Seat el 3 de junio, un formato tipo ‘roast’ donde un puñado de monologuistas ponen a caldo a los campeones del mundo franceses del 98 y 2018. A esto se le suma The Rest is Football el día 10, un programa de análisis diario llevado por Gary Lineker, Alan Shearer y Micah Richards, y el documental USA 94: El regreso de Brasil a la gloria (7 de junio), que arrastraba retrasos desde mayo. Para rematar la cuota de palomitas, hay un par de comedias en el horizonte: Office Romance (5 de junio), con J.Lo y Brett Goldstein enrollándose en el curro, y Little Brother (26 de junio), con John Cena haciendo de agente inmobiliario forrado y Eric André como su hermano pequeño.

Pero vamos a lo que realmente corta la respiración este mes. Entre tanta comedia y nostalgia futbolera, Netflix nos ha colado una adaptación de El Señor de las Moscas que te deja un mal cuerpo tremendo. Lo que arranca como una simple historia de unos chavales tirados en una isla sin adultos, degenera en una espiral de crueldad, trepas y violencia que resulta familiar, casi demasiado. Como espectador, te sientas a ver cómo cae cada puñetera ficha de dominó, y ahí es donde la cosa se convierte en una bofetada de realidad para cualquiera que conviva con adolescentes.

Los ejemplos de esas fichas cayendo son de manual. Ralph suelta el gran secreto de Piggy a la primera de cambio en cuanto su pequeño dúo se integra en el grupo grande. El propio Piggy avisa de que la madera está podrida antes de que el fuego se descontrole, pero todos pasan de él porque, claro, no es de los “guays”. Y luego está Jack, el personaje que te obliga a no apartar la mirada. En una de las escenas clave, se queda bloqueado cuando tiene a tiro a un cerdo atrapado y, en lugar de tragar con su propio miedo, transforma esa vulnerabilidad en rabia. Le echa la bronca a Piggy por arruinarle la caza y se mofa de él para tapar sus carencias. Es la viva imagen de lo rápido que el miedo muta en agresividad cuando un chaval siente que mostrarse débil le va a salir demasiado caro socialmente.

Esta rabieta de Jack no es una paranoia de los guionistas; es un patrón calcado al que pulula por la manosfera actual. Un chico se siente expuesto, rechazado o avergonzado y, casi por instinto, salta un resorte para protegerle: soltar un grito o ridiculizar al más débil. Un informe reciente de la JED Foundation, de hecho, pone palabras a todo este percal. Explican cómo los chavales crecen bajo una presión asfixiante para hacerse los duros, tragarse el dolor a palo seco y esconder cualquier emoción que huela a debilidad. Al final del día, cabrearse o liarla a golpes se convierte en la única vía de escape aceptada.

Evidentemente, no todo chaval que pega cuatro gritos es un mar de lágrimas por dentro, ni todos gestionan las cosas igual, pero sí te hace plantearte qué hay rascando un poco la superficie. Jack no quiere cazar solo por comer; necesita que el grupo le vea como el macho alfa. Se le cayó el mundo encima y lloró cuando nadie quiso unirse a su facción, sí, pero lo hizo a escondidas. Que el miedo se asocie a su nombre no entra en sus planes. Y el problema de fondo es que nadie tiene que sentar a estos chavales en una silla para explicarles las reglas del juego de la masculinidad. Las pillan al vuelo.

Las asimilan cuando ven que se castiga al que llora, cuando se humilla al que falla en el campo de fútbol o cuando una cagada en el patio se convierte en carne de meme permanente en un pantallazo. Cargar con las culpas a los chicos sería injusto; están sobreviviendo en un ecosistema que no para de premiar estas actitudes tóxicas, un guion que chupan de sus padres, del colegio, de las redes sociales y de la calle. Por eso esta adaptación escuece tanto hoy. Los chavales de la isla están solos, sin figuras de autoridad que frenen el desastre, y la última ficha del dominó que cae es la peor de todas: empiezan a morir.

El reto que nos queda a los adultos es ver cómo metemos mano antes de que estas lecciones se queden enquistadas de por vida.

Para empezar, nos toca enseñarles a hilar un poco más fino con lo que sienten. Ese “cabreo” muchas veces es pura vergüenza, soledad o miedo. Si saben ponerle nombre exacto a la movida, tendrán más salidas que liarse a puñetazos. Y aquí los referentes masculinos tienen muchísima tela que cortar. Los chavales necesitan oír a los hombres de su entorno decir cosas como “estaba muerto de miedo”, “necesito que me echéis un cable” o “esto me ha dolido bastante”, sin que parezca un fracaso absoluto.

Cuando los críos empiezan a cachondearse de la vulnerabilidad de otro, hay que pararles los pies y desmontar el chiringuito. Son gestos enanos, tipo “no hace falta reírse del que lo pasa mal, todos nos hundimos a veces”, pero les estás dando un guion alternativo. Jack es un cóctel molotov de rechazo, soledad y vergüenza que no sabe cómo digerir delante de la manada, y cuando eso no encuentra una salida sana, revienta en forma de control y crueldad. Ese es el aviso a navegantes que nos deja la serie. Si seguimos aplaudiendo a los mismos cafres, tendremos los mismos monstruos. Y ojo, que la ficha gorda nunca es la primera en caer. A ver si espabilamos a tiempo para parar la cadena.