De la moralidad en el estrado a la frivolidad del instituto: la doble cara de la justicia para este puente de noviembre
A sus 94 años, el incombustible Clint Eastwood nos vuelve a dejar a cuadros. Estrena su cuadragésima película justo a tiempo para este puente de noviembre y, francamente, es una cita a la que hay que acudir. El legendario cineasta se mete de lleno en el fango del subgénero judicial para ofrecernos una historia que, lejos de acomodarse en lo previsible, plantea un dilema moral lleno de aristas. Sigue demostrando que no le tiembla el pulso ni narrativa ni visualmente.
La cinta explora temas espinosos como la culpa, los fallos del sistema y esa esquiva redención, poniendo el foco en Justin Kemp, un ciudadano de a pie interpretado por Nicholas Hoult. La papeleta de Kemp empieza cuando le toca pringar como jurado en un caso de asesinato de alto perfil. Lo que parecía un trámite legal se retuerce cuando empieza a sospechar que él mismo podría tener las manos manchadas en ese crimen. Acorralado por su propia conciencia, Hoult –al que ya vimos lidiando con la adrenalina en Mad Max: Furia en la carretera– borda esa asfixia de quien duda entre tirar de la manta, exponiendo su pasado, o callar como un muerto para salvar el pellejo.
Es evidente el desencanto de Eastwood hacia las cloacas de la justicia estadounidense. Y para personificar esa ambigüedad moral, ahí está Toni Collette dando vida a Faith Killebrew, una ayudante del fiscal dispuesta a pisar los charcos que hagan falta para apuntalar su carrera política. En este tira y afloja se desvelan las motivaciones puramente egoístas que a menudo enturbian los tribunales. Secundados por un reparto que no se queda atrás –J.K. Simmons, Kiefer Sutherland y Chris Messina–, la película esquiva las piruetas de guion inverosímiles. Eastwood pasa olímpicamente del artificio y opta por una dirección sobria. Se nota la sombra de 12 hombres sin piedad de Sidney Lumet, pero con ese regusto seco y punzante tan marca de la casa, donde no solo se cuestiona la ley, sino el propio concepto de verdad.
El director de tótems como Million Dollar Baby o Gran Torino tira de una fotografía escueta pero implacable. Con una escenografía y un vestuario que van a lo justo y necesario, te obliga a centrar la mirada donde duele: en las entrañas de los personajes. Durante dos horas, las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan por completo, dejando al espectador dándole vueltas al tarro mucho después de salir del cine.
Pero claro, el universo de las togas y las leyes en la pantalla tiene registros muy distintos, y no siempre apetece comerse la cabeza con reflexiones de peso. Si este puente lo que te pide el cuerpo es apagar un rato el cerebro, Prime Video acaba de soltar la antítesis perfecta con Elle. Hablamos de una precuela de Una rubia muy legal que explora los años de instituto de esa futura genio de la jurisprudencia y fanática de la moda.
Aquí cambiamos la sordidez de los juzgados por las taquillas y el drama juvenil más de manual. La serie peca del mismo vicio que casi toda la televisión adolescente actual: parece que a los guionistas les da alergia la gente normal y amable. ¿De verdad los adolescentes de ficción no pueden sobrevivir a la pubertad sin que alguien los esté traumatizando constantemente? Explotan sus inseguridades, los meten en situaciones que dan bastante grima y basan todo el conflicto en el machaque continuo entre compañeros. La bondad, por lo visto, arruina la trama.
La gran pregunta es por qué querríamos tragarnos este cliché escolar. Y el único as en la manga que salva a Elle de la irrelevancia absoluta tiene nombre y apellidos: Lexi Minetree. La chica que recoge el testigo de Reese Witherspoon tiene un desparpajo arrollador. Su irrupción en pantalla desprende la misma energía magnética que Alicia Silverstone en Clueless (quizá la comparación me viene a la cabeza por la estética, pero el carisma está ahí). Minetree va sobrada de talento para echarse toda la serie a la espalda, y lo único que cabe esperar es que no la encasillen después de este papel. Aunque, siendo honestos y viendo lo plana que resulta la propuesta, dudo mucho que este drama logre hacer el ruido suficiente como para que nos acordemos de él las próximas navidades.